la niña que escribe
Había pasado mucho tiempo desde la última vez que decidió escribir. No recuerda si antes lo hacía por decisión, o simplemente como un impulso creativo que la llevaba a juntar palabras con fuerza mientras su cabeza no paraba de pensar.
Siempre escribió. Desde pequeña, donde inventaba poemas y canciones, y se imaginaba cantándolas vestida de rockera a los 17 años. Lo cierto es que a los 17 no tenía nada de rockera. Era simplemente una niña, que aparentaba mucho menos y que seguía dedicando su tiempo a redactar complicados párrafos que la ayudaban a sentirse mejor, a sentirse menos sola o a tratar de comprender quien era, que quería, y todas esas complicaciones existencialista que llenan las cabezas de adolescentes hormonales.
No negaremos, que durante mucho tiempo, escribir fue algo tortuoso, complicado, doloroso, peligroso hasta cierto punto. En un tiempo en el que sentía que todos los ojos se clavaban en ella, y que sus errores serían pagados con la pena de un futuro patético y miserable (porque eso es lo que siente todo adolescente). El escribir era una carrera tortuosa que corría con pasión y determinación. Juntar cada palabra estaba lleno de complicaciones y dudas, sobre todo para alguien con inclinaciones literarias, pero con referentes extraídos de la manoseada cultura pop de principios de siglo. La idea de ser comparada y criticada por gente que sí sabía de estas cosas era escalofriante, y la llevaban a replantearse hojas enteras de texto, decidiendo cada palabra como quien decide que cable cortar en una bomba explosiva. Quizás esas dudas y inseguridades la llevaron a alejarse de las letras, más bien de las palabras. De las letras nunca se alejo, más bien se acercó más y más, hasta el punto de querer comprender su forma, su contraforma, sus uniones y sus aplicaciones. Se enamoro tanto de las letras, que decidió que quería dedicarse a la tipografía, decidió que estudiaría diseño, porque las letras siempre le apasionaron, y diseñarlas era algo que le llamaba la atención. Se olvido de los miedos a las críticas, del rigor que entregaba en cada cosa que antes escribía, y se entrego al diseño libre y simple de una escuela desacreditada. Todo parecía divertido, todo parecía un juego y le gustó, le apasionaba cada trabajo, cada entrega, cada clase. Hasta que se comenzó a darse cuenta de que no, de que las criticas eran espantosas, de que nunca lograba nada agradable, de que lo que hacía a las 4 de la mañana, poniendo todo el esfuerzo y la dedicación necesaria no servía ni para la nota mínima. Le faltaba expresión, sentenciaban los Popes del diseño, sin expresión no se puede diseñar, decía otro. Y su autoestima se volvía aún menor, la alegría, la dedicación y las ganas iban en declive, y empezó a faltar, a fallar, a fracasar, aunque esa palabra sea demasiado quizás, pero desistió. Las cosas no resultaban, y quizás hacía falta esfuerzo, quizás el rigor y la dedicación no eran suficientes, quizás. Pero simplemente se detuvo, apretó stop a la cinta y se quedó inmóvil viendo que todos sus errores se agrandaban como una bola de nieve que se acercaba a destruir su integridad psicológica y su futuro. Decidió hacerse a un lado, comenzar a mirar hacia otros horizontes, perdiéndole el miedo al fracaso social, a la desaprobación y a las críticas.
Y así es como vuelve, como regresa a enamorarse de las letras, de las letras que más que ser bellas formas con serifas y bucles, son hermosas porque comunican, porque entregan mensajes y emocionan. Y a eso regreso. A lo que siempre había hecho y de lo que se alejó por la falta de tiempos y espacios para la contemplación y la concentración que toda creatividad literaria requiere. Ella es capaz de escribir, es capaz de crear cosas hermosas. No con pixeles o vectores, si no que con las letras, las que tanto le apasionan.